
Andrés Sobrino y una estética para el desliz de la pintura
Por Nancy Rojas
La pintura constituye una de las opciones más longevas de la producción cultural. Hipotéticamente, pensar en pintura, pensar desde la pintura, y hasta en función de la pintura constituyen ejercicios donde hoy subyace el mayor grado de probabilidad para concretar la funcionalidad de la intertextualidad.
La obra de Andrés Sobrino calca esta posibilidad. No es un dato menor el hecho de que en sus piezas gravite la herencia de una serie de movimientos de vanguardia europeos de la primera mitad del siglo XX, tales como el Suprematismo, el Constructivismo, el Neoplasticismo, el Arte Concreto.
En Retrospectiva, su producción afirma una estética basada en la construcción de un arte no figurativo, donde hay cabida para un concepto de representación que podría prestarse a ciertos debates propios de la modernidad. Sin embargo, anclado en las bifurcaciones de los lenguajes contemporáneos, este artista pone en juego una intención artística, antes que un compendio de usos de la pintura abstracto-geométrica. En este sentido, la pintura de Sobrino es primeramente un proyecto conceptual, que nace en la pintura pero deriva en operaciones intuitivas, a través de las cuales modela una serie de instancias de correspondencia entre color, luz, espacio y forma. Así es que su obra termina planteando un discurso correlativo donde, a pesar de la preponderancia del formalismo, existe la búsqueda de otras metáforas, ancladas en un discurso personal sobre la pintura, pero también sobre la construcción, la visión y el pensamiento. Se trata entonces, de una estética que, signada por la figura de la instalación como recurso, advierte una suerte de re-edición, donde el lenguaje atraviesa los riesgos de lo múltiple para quedar a la deriva de las alternativas de un proceso específico de producción: el del autor en cuestión.
www.museocastagnino.org.ar/
|