Verónica Romano
Ago - Sep 2003

Piedra preciosa

Luego de haberlas exhibido en los meses de marzo y abril del corriente en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile como parte de su muestra "Más allá del arco iris", Verónica Romano (Premio Subsidio a la Creación en Escultura Fundación Antorchas 2001, invitación especial para becarios asistentes a la Bienal de San Pablo 2002) presenta sus piezas de instalación en vidrio y pintura en la galería Braga Menéndez Schuster arte contemporáneo (BMS Quintana).

Prueba de que las marcas de género no necesariamente ablandan o disminuyen semánticamente el discurso, la obra de Verónica Romano, abundante en pistas personales, generacionales, sexuales, geográficas y
epocales, sostiene el derecho al lirismo más íntimo.

El mundo de las jovencitas, su erotismo, su cuerpo inadvertido, su olor a verano, se manifiesta intacto y bello.

Verónica de chiquita gustaba de la caja de pañuelitos de su abuela. Las filigranas, las delicadezas decorativas de diminutos muñequitos de cristal, no son novedades en su museo de sensaciones.

Su mapa de experiencias visuales es tierno, perfumado y ligero, sexy y sutil como una pollerita de tablas, como las piernas de un grupo de patinadoras aprontándose para el número, para actuar en una escena que podría situarse en Aspen, una escuela alpina o Bariloche, en todo caso en una bucólica y larga vacación, en un paraíso estival donde las largas
novelitas de detectives se suceden con romances cortos y momentos cristalinos. La mirada saltarina retoza en las relaciones intertextuales que la instalación propone: ciervos, cortinados hechos para espiar y
esconderse, ojos dulcísimos, iniciales en perfumadas tipografías, firuletes deco, palabras como "frentebril", el encaje de las bombachas frescas, el
universo de los polvos rosados, perlados, colibríes que liban flores como vulvas, sonidos como de cuentas engarzándose, pulseritas y bijou de fantasía, o sencillamente el frente de piedra Mar del Plata de las
casas de veraneo de una clase media despreocupada que dejó de existir en el pasado inmediato, como arqueológicas situaciones, estas pruebas de intimidad femenina, este diario íntimo da cuenta del asombro
infantil ante la hecatombe social.

Sin embargo el relato hace uso de diseñadas estrategias minimales (no es este un cuento en el que asomen vestigios de una fealdad), bello + bello los objetos se desprenden misteriosos como caligrafías de un isologo disfuncional, la complejidad del relato es acumulativa, la denuncia de la desaparición del paraíso es virtual. El tiempo corroe la carne y quedan como intactos vestidos sobreviviendo la erosión de la fragilidad de la memoria experiencial, resistiendo el viento del tiempo, los materiales áridos que han fosilizado, rescatado, la mirada dulce de la chica hermosa en el momento exacto de embriaguez perfecta, el momento en el que las chicas exhalan su mejor perfume carnal en la literatura de Suskind, el celo
humano, o el albor de la madurez que preña la fruta y la hace dulce a la boca. Toda azúcar, la obra de Romano moja la boca, se vive en la boca como el brillo de un caramelo que resbala por la lengua virgen en la
embriaguez del verano, en ese instante lejano como una foto en un álbum que sin ánimo de ruina testimonia que la felicidad de todas las promesas que es la infancia es una transparente y brillante presencia que no
abandona más a aquellos ojos que algún día logró, por un instante perfecto, encandilar para siempre.