Nostalgia de un mundo idílico
“…estoy siempre en otra parte, en otra parte flotante, fluida. Largamente ausente de mí mismo, y en ninguna parte presente, concedo con demasiada facilidad la inconsistencia de mis sueños a los espacios ilimitados que los favorecen”.
Estas palabras de Henri Bosco de su libro Hyacinthe, sintetizan en mi memoria la escena proyectada por Romano.
El vidrio, que en algunas definiciones se presenta como un líquido amorfo supercongelado, es el material utilizado por Verónica. Fracturado en múltiples pedazos conforma la superficie brillante de la mayoría de los objetos que componen la obra.
La luz que entra en los cuerpos vítreos es en parte absorbida y en parte refractada, tornándose difusa. Estas formas que a veces son pájaros y otras flores, conforman un oscuro ecosistema de una quietud activa.
Apoyada en el piso, como queriendo flotar, yace una persona durmiente acompañada por un ciervo a manera de enano de jardín. ¿La bella durmiente? ¿La gitana dormida de Rousseau? Un plano celeste cierra la composición. ¿Es un cortinado que protege o es el vacío del cielo?
La intimidad de la sala transmite un plácido reposo. Sin embargo algunos detalles empañan esta imagen onírica: el pequeño ciervo está mutilado, la figura durmiente presenta una rigidez cadavérica y los pájaros y flores de un negro intenso se vuelven amenazantes.
La composición se asemeja a la definición del vidrio: es supercongelada.
En esta dualidad, idilio o pesadilla, es donde nos coloca Verónica Romano, quien a través de una imagen pulida, ordenada y brillante nos obliga a pasar de la mera apariencia a lo sobrenatural. Rescatando lo absurdo sobre lo coherente, lo mítico sobre lo lógico.
Cristina Schiavi
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