Sybil Cohen
Mapeo del lugar y la memoria. Una ayuda cartográfica para el arte de Sybil Cohen.
Un lugar para comenzar (y todo tiene que ver con el lugar) podría ser el sistema mnemónico utilizado en la antigua Grecia y largamente elaborado en el libro seminal de Francis A. Yates The Art of Memory. Aquí, los detalles de edificios específicos están relacionados con las series de hechos a ser memorizados.
Entonces, ante la necesidad de recordar, caminar por este edificio a través del ojo mental recordará la información necesaria; estas columnas a la izquierda representan ciertos nombres, esta ventana ilumina un conjunto de relaciones, los pilares a la derecha son ricos en memorias asociativas. De ahí que la arquitectura misma se transforme en una “forma de la memoria” literal para ser recorrida a voluntad, al antojo de la imaginación, cada rincón y cada esquina imbuida de sentido acumulado.
De la misma forma, los detalles arquitectónicos de la obra de Sybil Cohen parecen plenos de potencial significación, cada cornisa y cada viga cargadas con su propia historia, algún recuerdo personal escondido, sostenido dentro de la textura misma de estas estructuras. Pero como espectador no es necesario tener la llave de este código mnemónico privado para liberar todos los recuerdos contenidos en esos edificios. Es suficiente con sentir la densidad completa, la entera gravedad de su ser.
Así como la imagen de una cadena de ADN es a la vez abstracta y real, fáctica, hay que intentar contemplar las obras de Cohen como imágenes literales de cómo se ve la memoria humana, diagramas científicos de circuitos de la memoria que se develan en forma de edificios. Este no es solamente un cielo raso, ni solamente el recuerdo de la imagen de un cielo raso, es el mapeo de la memoria física, real.
La arquitectura de Cohen es a la vez real, una estructura existente y representativa, metafórica. Del mismo modo que Piranesi representó vistas precisas de ciudades genuinas tanto como de aquellas de su propio imaginario, paisajes fantásticos de la mente, Cohen garantiza interpretaciones de edificios específicos que son simultáneamente tan personales y tan “sentidos” como parecer más míticos que reales. Estos lugares de hecho existen, pero a través de la alquimia de su interpretación, Cohen los hizo suyos, tanto como las Carceri de Piranesi le pertenecen sólo a él. Ese límite, esa delgada división, entre sólo retratar la arquitectura y crearla es desdibujado por ambos artistas.
El hecho de que los lugares representados por Cohen sean nombrados, generosamente dados, de modo que podamos conocer precisamente en qué originales se basaron, sólo acrecienta su misterio en vez de disminuirlo; así como tampoco la dimensión agregada, la densa complicación de que algunos de estos lugares son galerías de arte contemporáneo o museos, la Tate o Mary Boone en Chelsea, alivian la interpretación. Porque aunque esos espacios están ostensiblemente adaptados a lo nuevo, neotérico, la moda del “ahora”, es como si Cohen hubiera desenterrado su esencia más antigua y calida, histórica sino arquetípica. La artista logra humanizar estos entornos necesariamente neutros para sugerir un juego poético, el matiz más suave del compromiso emocional que estos espacios normalmente, normativamente, niegan. Aquí se nos ofrece una redención, destinada a nosotros, redención de la frialdad ético-mecánica de la modernidad tardía que, a pesar de todo lo que ha pasado, todavía es sorprendentemente prevalente, como una visita al nuevo MoMA de Manhattan puede demostrar. Imbuyendo a la geometría modernista con su pátina inherentemente personal y altamente poética, Cohen sugiere una antigüedad, una arqueología dentro de sus formas. Este proyecto encuentra paralelo tanto con Piranesi como con Charles Sheeler, cuyas fotografías, dibujos y pinturas de detalles arquitectónicos específicos y cuidadosamente elegidos en su composición formal, son revelados a la vez que transformados en una metáfora altamente simbólica, sino autobiográfica.
El tema de lo autobiográfico se esconde en la propia obra de Cohen, no menos que el espíritu anticuado, de curioso anticuario, de sus ciudades gemelas, New York y Buenos Aires; una sensibilidad literaria y refinada trazada por su trayectoria entre Argentina, su educación en Suiza, o su vida cotidiana en América e Italia. Pero es específicamente en oposición a lo autobiográfico, a las limitaciones necesarias de la vida diaria que los lugares y espacios de Cohen cobran su resonancia, su resistencia a interpretaciones simplistas. Cohen nos da esas habitaciones, esos techos y torres, esas estructuras mapeadas meticulosamente, sin constricción ni limitación, como regalos para recorrer cuando así lo deseemos. Perfectamente construida desde su propia memoria y desde la precisión de su observación profesional, la ciudad fragmentada de Cohen se convierte en nuestra, nuestra para ser poseída, sus mismos elementos entran en nuestra memoria como si siempre hubieran estado ahí, recordados.
Del 13 de Marzo al 14 de Abril del 2007
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