PING-PONG
Iván Calmet - Andrés Sobrino - María Guerrieri
MK galerie - Rotterdam - Holanda
Ago - Sep 2003
Curaduría: Florencia Braga Menéndez
Onomatopeya y cacofonía
El Proyecto ping-pong probablemente resulte al sistema
del arte como el nombre del juego al juego. Ping-pong,
tenis de mesa, es una onomatopeya primitiva que alude
infantil, simpática, poéticamente, a la retórica que
el juego implica.
Desde el sonido, las sílabas significan sintéticamente
un universo de intercambios veloces, simples, felices,
directos, eróticos e inteligentes. El juego es una
forma de expresión de energías íntimas: agresividad
velocidad, brillo. Una idea del talento.
El escenario de desarrollo del juego es el juego
mismo. La pared onírica envuelve y contiene, permite.
El muro extendiendo el marco, dispara imágenes
impensables en el siempre pequeño formato del espacio
siempre restringido del cuadro. La pared implica la
casa y la casa la ciudad y el mundo habitado.
El artista, que son tres artistas, se concentra y se
desconcentra en la tarea ilimitada, y el sentido
rebalsa el momento de concentración. También hay
sentido en la dispersión pulsional de los íconos que
superan el encuadre del ojo particular. El resultado
de la dispersión pulsional en el espacio es un nuevo
disparador.
Una cadena en la que el artista tresartistas piensa
disociadamente lo que ya hizo, lo que hace y lo que
hará. El ejercicio revela aspectos inconscientes del
origen, del motivo individual e íntimo, de la
sublimación particular de los tres autores.
El artista tres artistas se obliga a no corregir. La
forma más próxima a la constitución de lo correcto es
incluir lo errático y fallido, y así tachaduras,
superposiciones y grandes cicatrices de superficies de
color aumentan el extrañamiento y la tensión de la
operación. El territorio se constituye en la medida en
que el proceso se transparenta, muestra, confiesa, la
vasta y anegada incertidumbre. El inconsciente
dirigido a la producción con voracidad de imperativo
categórico no teme. El ojo loco sabe y opera decidido
como en un fervor seco, en santidad.
La mesa es solo para jugar. Una necesidad funcional.
Una trampa. El público admite ver creyendo el estado
que el simulacro de relajación propone. La conección
con el mundo de las imágenes es así más libre y
fluida. No es una relación hipnótica, es más bien una
vaga embriaguez de color no pretensioso, un estado de
permiso general, infantil, como una fiesta ebria en la
que los decorados se confundieron un poco.
Probablemente una sofisticada instalación de unidades
de art brut, de ahogadas unidades de sonido desfasado,
de estertores o casi lenguaje, expiraciones locas o
tontas o rotas, en cualquier caso interjecciones
dolorosas.
Onomatopeyas.
Un link entre la percepción popular o lo que quede de
ella y el patetismo torpe de los vestidos principescos
del arte con mayúsculas. Una obra para pobres
salvajes, para príncipes. Para los restos.
Florencia Braga Menéndez
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