CLAUDIA MAZZUCCHELLI
La criollita sabrosa


Para llegar al taller de Claudia Mazzucchelli hay que pasar- y pasearse- bajo el domo del olímpico cielo de Palma de Mallorca: no sólo los barcos y la ciudad vieja, sino esa
franja del mar, y las callejas torcidas y el penacho moroso de las palmeras nos sugieren que, griegas y criollitas, las “ninfas” de sus cuadros nacidas de una caracola con algo de ñoqui
italiano, nos esperan con sus ojazos para atizarnos- y por supuesto, seducirnos- con desafío y hasta a veces insolencia, escrutarnos con cierta frialdad: son capaces, al mínimo descuido (y están prontas) de darnos una cachetada amorosa, un palo en la nuca o llevarnos de la mano, remolonas, hasta las costas del mar.

Con aire romántico los personajes de Claudia (las robustas) vacilan entre la fragilidad y una fuerza de enormes mujeres que, según la ocasión, se hacen chiquitas, nenas o
hembras: las pampas en llamas - el llano, donde sensual y desarrapada, corre la cautiva- arden en esos brazos y bocas.
Son Las Novias del Plata, y como a Elvira, la protagonista del poema de Echeverría, una “aureola celestial de virgen pura, el juvenil frescor y la hermosura” realzan sus encantos y devoran al pobre Lisandro, el novio, que “se gozó enardecido” como gozan los espectadores de estos cuadros: es que las chicas nos encantan, a pesar de la aureola equívoca de sus quedas posturas que pueden cobijar más de un tormento (¡OH, transido Lisandro, la fatalidad y sus huestes van a arrebatarte la amada!) ofreciéndonos su turbadora belleza con la nostálgica indiferencia que lo hacen las criaturas extrañas.
Dejemos los ojazos de las turbias, y miremos los detalles: verlas juntas, es ver las cariátides de panteón arrebatadas por una lujuriosa (pero sobria) colección de vestiditos que las repuja – saludables y plenas- contra la rivera de un riacho de
carton- pâte: las pampas y sus malones acechan, pero ellas, como si estuviesen en un salón de té leyendo “The Happy Prince”, inclinan la cabeza soñadoras.

Su primor son los detalles: las Elviras con sus grandes manos, urden flores y juncos y nos hacen pensar que el detalle- un bordado, un tul, un cordón- son la clave del relato y la llave que aprieta las partes de una composición ajustada: el mundo que cuentan, no existe más (o lo olvidamos) pero las utópicas nos lo señalan con un dejo delicado y banal.

Dejar el taller de Claudia es dejar ese mundo a nuestras espaldas: volver a verlo en la galería de Florencia Braga Menéndez es como toparse con la fuente de Lola Mora
frente al Río de la Plata: las “Nereidas” de Mazzucchelli alzan la caracola en tirabuzón contra el cielo argentino y nos presentan un menú suculento (“Criollita Sabrosa”) contra fondos,ornamentos y guiños que aluden al linaje de las vanguardias del siglo XX, y que ahora, agrupadas en esta colección de italo-criollas en suspensión metafísica (que no son otra cosa que alias de su autora) revienen con una ligereza me
río-platense y nos hacen pensar en aquella anécdota de los años treinta, cuando Jean Cocteau le dijo a Picasso:

-A ver Pablito; si cruzás un Picasso con cuatro kilos de griegos y tres mil pintores del renacimiento italiano y lo mandás todo a la Argentina, ¿qué sale?
Picasso frunció el ceño, y dijo:
-Eh... ¿un Berni y un Mazzucchelli?
Cocteau abrió la boca: no sabía, ni podía saberlo, que en el Nuevo Mundo el futuro, atesoraba otros linajes.


Roberto Pazos
Bruselas ,2009.

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