Las líneas del deseo
Cuando las primeras pinturas de líneas aparecieron, Pablo pintaba lejos de su taller de Buenos Aires y de sus preciadas rutinas.
En una residencia artística en la isla de Mallorca, rodeado de la naturaleza de un paisaje en primavera, Lozano, incómodo y distante ante la perspectiva desconocida que el entorno le ofrecía, volcó su mirada hacia sí mismo.
Lo hizo volviendo a repetir los procesos conocidos. Construyendo una suerte de laberintos en direcciones y ritmos que se entrecruzaban, como si se tratase de mapas o de planos que proponían recorridos.
Unos recorridos de encuentro hacia sí mismo, donde lo esencial no era la representación del objeto, sino la aplicación de unos mecanismos aprendidos donde las elecciones de paletas cromáticas, ritmos y música (porque la música está en las líneas de Pablo) se debían a una seducción por afinidad y no a una reflexión.
Pablo Lozano organiza el objeto alrededor del blanco, de la misma manera que el deseo se organiza alrededor de un “agujero negro”.
Y cuando digo blanco, pienso en los caminos sinuosos y desviados de sus líneas, caminos indirectos que casi nos anticipan su eficacia de dar en el blanco.
Porque, como es sabido y al igual que sucede con el deseo: actuar directamente suele garantizar el fracaso amoroso.
Por eso se me ocurre que al igual que el espacio del deseo es curvo, así es el espacio en los cuadros de Pablo.
En una especie de ejercicio metonímico, pinta la parte de un todo cuya contigüidad podemos imaginar. Nos ofrece una muestra, un detalle de un universo que en su complejidad adivinamos inabarcable, como un científico con un microscopio a través de la lente que engrandece.
La tenaz persistencia por la desaparición de la impronta de la pincelada, hace de contrapunto con la libertad aparente y azarosa del movimiento del que las líneas parecen dotadas. Pablo pinta con música, pinta un baile y aunque a veces parezca viento, es el deseo el que las mueve.
Si en las anteriores series el objeto como cosa en sí, era la excusa, ahora queda la excusa expuesta , desnudada y reducida en su expresión. Parecen quedar atrás, flores, juguetes, cámaras y sillones.
Intuyo en vano intentar leer en las líneas del artista cual será el recorrido futuro, prefiero dejarme llevar suavemente en sus laberintos con plena confianza que lo que sucederá será luciente.
Brillante, como el metal, soporte elegido para las últimas pinturas, cuya superficie se alisa y se enfría.
Entonces, el desafío se acentúa y la pericia técnica revela una intención de destreza cada vez más aguda, como cuando el deseo se convierte en obsesión. Pero Pablo Lozano, al igual que un alquimista, pero siendo pintor, transmuta la obsesión en arte.
He aquí la maravilla.
Mariana Chiesa
Octubre 2008, Bologna
Más info Pablo Lozano
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