Cristina Schiavi

Cristina indaga a la pantalla de la computadora como un espejo, o mejor dicho, como la rejilla cuadriculada del confesionario.  Con las formas simples que habitualmente son vaciadas de cualquier especificidad para cumplir con un rol comunicativo atravesando  múltiples sectores de la sociedad (rozando al lenguaje), ella carga una estructura mínima de líneas con una identidad muy propia y le agrega capas de matices, vestigios de historias y esperanzas, manteniendo su apertura característica.

Sus líneas recorren planos interiores y exteriores, rascacielos y villas: historias que se superponen y se comprimen hasta tomar una forma que se puede contar; imágenes proyectadas desde atrás de su ojo hasta el otro lado de la pantalla, plasmadas a través de su mano y su mouse.  El resultado es una comunicación y comunión ofrecida en forma codificada, suspendida en un espacio flotante y atemporal, como instantáneas de estados de mente o reflexiones frecuentemente visitadas.

Desatiende muchas de las construcciones jerárquicas más retrógradas del mundo del arte, no como actitud o “statement”, sino por confiar demasiado en su propia mirada; vive plenamente en éste mundo, en ésta ciudad, entre ésta gente.  Participa de las angustias y las alegrías que atraviesan cada día, y les da forma a través del lenguaje visual natural de sus alrededores.  Su herramienta principal para dibujar o pintar es la computadora, algo tan poco excepcional como ver televisión o hablar por teléfono.

Tampoco resulta raro que su mirada esté poblada de imágenes de otros artistas –imágenes vistas e incorporadas a través de amistades y también a través de afinidades plásticas- y que estos elementos pasen a formar parte de su obra.  No opera como ‘curadora’, ni está ‘apropiándose’ de la obra de otro -en el sentido más posmodernístico de esas palabras tan temiblemente usadas- simplemente lleva esas imágenes dentro de sí misma, tal como uno lleva la huella de la imagen de la esquina de su casa.  Sin necesidad de formularlo como enunciado, afirma sin lugar a dudas que el arte vive, y que está al lado nuestro.

El ritmo, dirección y evolución de su obra siguen los de su vida, pero no se cierran en ella.  La destilación de su experiencia personal pasa por un embudo que toma su forma de las presiones de nuestro entorno –artístico, político, social- permitiendo vislumbrar y sentir la frontera de la pulseada entre el individuo y su ámbito.  Pasada por el “filtro” de la sensibilidad de una sola persona, de Cristina, la cacofonía de todos los días -que va desde los titulares gritantes hasta los pequeños hallazgos como un caleidoscópico conjunto de basuritas en la calle- termina delineando los vectores principales que subyacen a los desafíos de la vida urbana cotidiana, sin reducirlos a la banalidad de una sola experiencia homogeneizada para todos.

Traza líneas para ver y para contar, para entender y hacerse entender.  La obra ocupa un  espacio de encuentro, sale de la pared, avanza hacia el espectador sobre el piso, espera la respuesta al saludo “Hola, soy Cristina”.  Como si fuera posible construir un mapa del siempre cambiante alrededor, como si fuera que con eso nomás nos pudiéramos encontrar.

Tamara Stuby
2005