Claudia Mazzucchelli vive en Palma de Mallorca. Se fue con su marido artista y su hijita en el momento más rispido de la crisis argentina a hacer escenografitas y decoraciones y direcciones de arte para los millonarios del mundo.

Antes de esta decisión Claudia Mazzucchelli vivió la escena solitaria de la vida de los pintores argentinos una innumerable cantidad de veces. Las necesarias para entender que las cosas son asi.

Como a tantos otros, la  certeza de que ser un pintor de excelencia y ser reconocido por ello no son una sola cosa, le amanso la expectativa; y la experiencia de que talento e invisibilidad se llevan bien se hizo cosa de todos los días.

Porque ella no empezó a pintar ayer la obra que hoy deja boquiabierto a público de todas partes. Ella empezó a pintar y a dibujar con exquisitez el mundo de mujeres que hoy nos trae en redención entera, como el final de un cuento en el que las princesas ascienden a sus tronos y todo recupera el orden en torno a un ideal de justicia tan anhelado como evidente, el primer día de su carrera de pintora.

En una época del rock nacional en la que las nenas de clase media culta nos entronabamos eroticamente al lado de nuestros compañeros, todos renaciendo al proceso y a los ruleros de la mama de Susanita para empuñar palabras ojos tetas voces, Mazzucchelli la emprendió con vivacidad y coraje y taconeo el caballo justo en dirección contraria a lo que debía, cuando todos apretaron el acelerador hacia la bienal de Venecia, Claudia salio disparando hacia algún lugar en el que el Guernica se había quedado masticando redondeces y estilizaciones detenido entre un montón de fantasmas, Batlle Planas, Gutero, Norah Borges, Tarsila y el resto desconocido de un universo que el mercado no alcanzo a nombrar: los maestros. Maestros.

De primera y de mercado secundario, los dibujantes que pudieron dar origen a la mini de Disney (su marido dice que toda la forma de Claudia se podría reducir a la ecuación del zapatón de minie mouse) o las multitudes silenciosas de pintores de salón que se secan en la opacidad de breves catálogos que nadie conserva.

Claudia Mazzucchelli se formo con Roberto Aizenberg, tiene una escuela sofisticadisima. Amiga de artistas, pareja de artista, no conoce otra cosa que ser artista.

Quizás por eso no sea una artista reconocida por un medio que colecciona carreras impersonales. Sus personajes con enormes ojos almendrados entornados muerden ciruelas, recogen las piernas en gestos casi sacrílegos en relacion a lo permitido en la pintura contemporanea, y todo parece sonreír con un subrepticio humor de entrelineas muy de chicas cuchicheando en presencia de extranios.

La pintura permite catalizar una ternura que el motivo, de impronta casi escultórica, de formas toscas gordas pulidas, petreas, no puede convocar. Capitales de origen industrial, italianos, uno podría imaginar las chimeneas de las fabricas detrás de todo el imperio de señoritas regordetas, utopicistas, mullidas y tiernas como almohadones, realismo socialista de una que quiere que el mundo se a mundo y siga girando, que crezcan los girasoles y que su hija pueda bailar sana y fornida con luz en el pelo sobre los maizales de un universo mas inocente que el arte, o rodar en la arena o ensoñarse en un hombre y arrebatarse como una fruta jugosa.

Y las mujeres se miran como en espejos secretos, son republicanas, amazonas, madres, piensan secretas mientras se atan los zapatitos, flamean los pelos en el viento de una tarde de luna porque toda su luz es lunar, selenita, azulada, como si fuera una parte del cuento algo que se recuerda bajo el agua. Los pelos son como una quisiera como olas clidas de una materia homogénea, toda compacta, como una teta henchida hasta en los pelos.

Se les escucha la respiración. Todas esperan todas están enamoradas. Hay un hombre en alguna parte de esos cuadros y es donde los ojos desean. Calladas, con sus garrotes abrazadas amazonas emergiendo como fuentes solitarias. Todas saben que hay uno ausente de su siesta metafísica, alguien se ausento de la comprensión profunda que el teatro pagano de las vestales anhela.

Todos los colores son los de la intimidad de la expectancia. Esperan. Alientan. Como hacemos nosotras. Los cuadros de Mazzucchelli no necesitan hacer el guinio feminista para permitirse hablar desde los ojos de las mujeres, se habilita a hablar desde nosotras en forma femenina sencillamente porque tenemos el derecho de hacerlo, porque existimos, porque esa mirada reivindica una mirada que existe. Que es la mitad de la poblacion de miradas del mundo. Las mujeres y el amor. Un tema serio. Entonces se atreve a meterse con la que nadie baila, y hace el papelon completo y los cuadros son bien heterosexuales, monógamos, modernos y, ay!, son bellos!

En la sala 2 de la galeria Braga Menendez, Claudia Mazzucchelli expone sus maravillosas pinturas de mujeres. Oleos cuidadísimos que restablecen la relación entre gusto y derecho al gusto.