BRUNO GRISANTI

Escribir sobre Bruno...OK... Acepto.

Escribo entonces sobre el sueño del pintor, y sobre las cosas que se comparten, aquellos momentos permitidos donde se encuentran los amigos.
Lo que aparece como resultado de dejar la cueva o el retiro,
y "pelar" hacia el mundo, hacia afuera, entre los otros.
En ése mundo hay formas, líneas y colores, y música,
y también palabras, relatos y risas, humor y terror.

"...and if he left-off dreaming about you..."

Advierto desde donde escribo para eliminar fantasías y ser preciso,
ya que de pintura no se habla, pero definiendo un poco el contorno me animo a decir algo, algo quizás más útil, digo entonces
Colegiales, o El Tigre, o el mar en Uruguay,
o la mesa de la cocina, o pedazos de madera que van llenando el living,
o cables, enchufes y consolas, que terminan siendo dibujadas como esperando volver a ser dibujadas, y al final la fealdad de los cables cobra sentido, y nos alegra una sala de ensayo, da sentido casi geométrico a una pared blanca de oficina,
o hasta quedan estampadas en remeras que usan inconscientes raperos
en distintos escenarios del mundo.

En una época donde el ojo clínico de morandi se pierde en el
shopping-center, o las latas detenidas en el tiempo pampeano de Lacámera sobreviven entre cartoneros, y ya como un chiste escuchamos que Van Gogh cuesta 40 millones, nadie se puede asustar del destino de la obra de un joven argentino, nativo y por opción, que quiere ser valiente.

Bruno puede romper y afinar con el clásico de una sala victoriana en Boston
con un fondo negro o amarillo inexplicable, acompañar con sus formas o líneas una sala de concierto en Salzburg, afinando con seguridad con las más sofisticadas pelucas rococó, que aceptarían chochas y sin discutir, y sin percibir, sus intentos rompedores.

Bruno puede decorar una cadena de locales de ropa, con sedes desde New York, pasando por Firenze hasta Tokio, calzando perfectamente, disimulado perfectamente, en la combinación más comercial posible de una marca,

o puede simplemente silenciar los cuartos de la casas de sus amigos o
parientes con una talla de madera, que pesa con una extraña inocencia.

Sus músicas son Joao Gilberto, en el piano es Rubinstein, el reagge como
fuente, la electrónica sutil, los trovadores de todo tipo, sin complejos, desde Roberto Carlos hasta Caetano, que al final eran amigos.

Las escenas donde se lo ve son, por ejemplo, el equipo de pintores con
caballete al viento, un día de semana, con vino y carne, pintando juntos bajo algún puente por Zárate.
Hablando de la música, concretamente y más que el obligatorio CD  girando,
las escenas son los tipos en acción, uno concentrado en lo que se ve, siguiendo con atención unos cassetes como naturaleza muerta, el otro abrazando un instrumento, cantando a ojos cerrados.

El humor es vital, para abordar una técnica o para reírse de ella, para no abatatarse, para destruir o aceptar algo que no puede terminarse.

Los caprichos son un permiso, para jugar con la identidad, para mezclar lo
fluo con la madera, para marcar la diferencia donde haga falta.

Creo que bruno pide que miremos a otra velocidad, seguramente como tantos
otros, por eso me alegro de hablar del entorno, ya que eso puede ayudar a "hacerse amigo" al estar parado ante su obra, en el ámbito misterioso de una exposición.
Y llama la atención que se exponga tanto, ya que no hay como atraparlo
siguiendo el recorrido de su trabajo desde lo cotidiano.

Sólo queda aceptar ese tiempo, y confiar que de el recorrido de esos ojos y
esa mano nos llega un aire fresco, un intento que sale del cuadro (aunque se vea lo contrario) y que quiere llevarnos hacia la madera, al color de pigmentos,
a las historias contadas cerca del fuego.

Nicolás Nobili