Tomás Fracchia
Dic 2002 - Mar 2003
en BMS Quintana
Los primeros cuadros de Tomás Fracchia que vi, hace ya algunos años, me sacaron de las casillas.
Había varias razones, algunas relacionadas con la Historia del Arte y otras con Fracchia en su papel de Tarzán de la trementina (Ese cabello tan fino en la espátula del guardabosques ...)
Primer punto: Veníamos de una especie de segunda década infame donde los secuaces de la transvanguardia habían desprestigiado el trabajo de caballete hasta el punto que de sólo escuchar la palabra "pincelada" uno sacaba su revólver.
Segundo punto: la obligación de despejar el terreno para instalar las patas de la Plataforma - Tomás - en - el - Mundo. ¿Qué es eso de creerse soberano e independiente?, ¿Qué es eso de rebatir todo en dirección al Yo (así, con una Ypsilon gigante) pero quién te crees que eres? ¿Qué es eso de pensar que puedes emitir tu propia moneda, y peor aún tus propios lingotes que respalden la cosa? ¿Hasta cuándo ese descaro, ese diletantismo agresivo que se encoge de hombros frente a los "statements" y las revistas impresas en varios idiomas? ...y sale bien parado todavía no se sabe cómo (Los lingotes, aclaración para el lector distraído, serían los cuadros como mementos de una interminable ceremonia de (auto) confirmación)
Ha pasado algún tiempo y los cuadros de Fracchia, afortunadamente, me siguen sacando de las casillas. Digo afortunadamente, porque uno empieza a mirar con más respeto una teoría del Yo Fuerte cuando se cansa de matar el mejor animal porque el curador quiere comer matambre y lo que se puede esperar del intertexto se parece al primer premio de la Lotería de la Desnutrición.
En la pintura de Tomás Fracchia vemos realizada una posibilidad que se está estrangulando en una época donde la ansiedad busca un lugar en el gran salón de los espejos; limitarse a la visión túnel de los primeros cazadores, sin interferencias socráticas.
Lo que estos cuadros recrean es la visión no del detective que trata de averiguar el motivo del crimen y encontrar el culpable sino más bien la visión obsesiva y focalizada del perpetrador, del sniper. El sniper trabaja con metáforas de concentración y proyección, a diferencia del flaneur que se expande sobre la mayor superficie posible. Fracchia es todo lo contrario del flaneur que nunca se detiene, que no quiere atascarse. Fracchia ve en el atascamiento una oportunidad mayúscula para el trabajo; sus formas son pesadas y se coagulan más con cada golpe de ojo.
Motivos que se repiten en los sus cuadros, autos vistos de atrás y misteriosas playas de estacionamiento, gente distraída en medio de la naturaleza, parecen obra de un turbio personaje de Patricia Highsmith, un villano que pintara en sus ratos libres (no siempre son de pigmento o de salsa de tomate las manchas en sus manos), o un Lee Harvey Oswald octogenario, que paseara con una cajita de colores saludando al sol en el patio de una prisión de máxima seguridad.
Fracchia ve la luz al final del túnel, pero sabe que salir del túnel sólo multiplica los problemas. No es un expresionista desatado. Tiene su rico subsuelo expresionista - panteísta (ventajas de la buena educación) pero es también un argentino que se toma con soda esos exabruptos que ponían el revólver en la mano de los antepasados (Arlés, Davos, usw).
Mirada desencantada sobre un mundo desencantado, lo que conduce por descarte a una especie de afirmación del mundo, agria, cristalina y facetada, pero afirmación al fin (Fracchia es tenazmente figurativo - representativo)
La intermediación ha sido aniquilada, el mundo vuelve lentamente a la vida!
Pero queda es la sospecha, contra el dictado de lo infinitamente conveniente, de que el lugar del Yo está en sí mismo y lo que está mas allá de los tentáculos del Yo no pasa de ser una broma macabra.
Lux Lindner 2002
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