Valeria Maculan
Nov 2002 - Mar 2003
BMS DARWIN


Valeria Maculan encara en esta muestra nuevos aspectos y territorialidades de su obra. Partiendo de la construcción de sus pinturas anteriores exhibidas este mismo año en la Fundación Klemm (una sola placa de acrílico de gran tamaño donde lo pintado y las sombras proyectadas sobre la pared como soporte jugaban ambiguamente un dibujo tridimensional), VM multiplica la experiencia poniendo especial atención a los procesos creativos de la obra, el testimonio, el acontecimiento y la temporalidad.

Ahora cambia el armado de las piezas. Los trabajos actuales se constituyen en la acumulación y dispersión de "muchas" (es difícil identificar cantidades concretas de planos representativos en acción en cada operación) pequeñas piezas, placas de acrílico, a veces pintadas a veces no, que, superpuestas de diferentes maneras (un juego de posibilidades de intercambio y superposición de fragmentos), se apoyan siempre en estantes y paredes.

Toda la obra se estructura como teatralizaciones atomizadas, escenarios de líricas situaciones. Misteriosas, esquivas y femeninas metáforas de un universo intraducible y musical. Como pentagramas sensibles donde el contraste de color articula zonas sutiles de sentido. La mirada enfatiza lo efímero de la construcción, todas estas piezas se sostienen solas, apoyando unos de sus lados a la pared y el otro a la base. Obra trípode, una cosa soporte de la otra y siempre la pintura sostenida en el espacio protagónico ,que, por un lado, protagoniza la obra que es, y, por otro, alude a la que no fue. Las probabilidades descartadas en cada conjunto de piezas provocan cierta inquietud en el observador que imagina una nueva obra que no ha sido presentada. El juego se completa (siempre parcialmente) en forma mental en la voluntad del público de corregir o testear devenires diferentes para el dibujo del autor, que tampoco es necesariamente uno y fijo porque las piezas están sueltas y dependen del plano mental de montaje de Maculan.

Materiales frágiles, la transparencia del acrílico como soporte hace pensar en vidrios rotos, un algo delicado, quebradizo, inconsistente y débil. Imágenes que simulan construcciones mentales o mapas cerebrales o circuitos de ideas, representativos de momentos sensibles del instante de la construcción de las formas.

Como ventanas o alfeizares o balcones enloquecidos repletos de tallos frágiles o cinturas o mujeres y mares barridos por el viento, fresca y mediterránea luz, repleta de aire y de fuego pelirrojo, erótica y contundente. Vital. Así es la obra.

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(Diario Clarín, sección Artes Plásticas 25/01/2002)

¨LO QUE SE VE ES EL CRISTAL ¨ por Ana María Battistozzi

Es muy seductor lo que Valeria Maculan arma con unos pocos recortes de vidrio. La joven artista pinta retazos de transparencia, luego los apoya sobre la pared, y continua las proyecciones de sus marcas en distintos planos, en el muro y en el piso. Sin duda Maculan no es la primera en utilizar este tipo de soporte. Hace poco menos de cien años, Marcel Duchamp también lo eligió para desplegar su compleja y descarnada reflexión sobre la maquinaria de la seducción. Poco antes de abocarse a la interminable realización de esa obra, conocida como el Gran Vidrio o La novia puesta al desnudo por sus amantes célibes, Duchamp frecuentaba en París el círculo de los cubistas. Por entonces, muchos de ellos indagaban las posibilidades del collage y la combinación de la pintura con objetos encontrados. No está probado su vínculo con Picasso, quien también usó vidrio en una de sus composiciones con guitarra, pero sí con Juan Gris, y en 1912 había incluido un fragmento de espejo en su obra El Tocador.
Cualquiera sea la génesis y el significado del vidrio en el arte moderno, lo cierto es que la obra de Maculan que exhibe la galería Braga-Menéndez-Schuster remite a ellos. Abandonados en el suelo o sostenidos por una repisa, los vidrios con diseños diversos que superpone la artista, forman un collage que, por un lado, alude a la fragmentación actual de la mirada y, por otro, recuerda el lúcido antecedente de las obras de Picasso y Gris. En la experiencia sensible e intelectual del espectador de la obra de Maculan todo esto sucede a la vez.
De manera más próxima e inmediata, puede aparecer la visión del diseño de barras multicolores, impreso en el blindex de un negocio, los círculos que aluden a las burbujas en un envase de gaseosa o las ondulaciones de un paisaje en una vidriera. Como si quedáramos atrapados en el tubo transparente de una puerta giratoria, el bombardeo de estímulos visuales que caracteriza nuestro presente puede mezclar el fragmento de un letrero, el esquema multicolor de una red ferroviaria, la síntesis de un edificio o el rulo de un reja.
En la instalación que montó en BMS, Maculan recompone ese collage compulsivo de la mirada en la vida cotidiana, que al mismo tiempo remite a la tradición de la abstracción. Pero sus bandas de colores hoy están lejos de ser el resultado del proceso racional de disección del mundo que desvelaba a los cubistas. Por el contrario, son el más puro juego de seducción de la pintura, ya definitivamente liberada de toda obligación con el mundo exterior. Los suyos son signos visuales que pueden darse el lujo de no representar nada. Pero, curiosamente, develan así la condición de lo real, cada vez más abstracta y seductora.
En ellos parece condensarse aquello que Gianni Vattimo ha llamado "estetización difusa". O sea: la belleza formal, ya no circunscripta al terreno del arte, sino esparcida por todos lados, diseño mediante. La obra de Maculan, que hasta hace poco se limitaba a varios planos de pintura encerrados en una pequeña caja, literalmente se ha salido de caja en un desplazamiento similar. Acaso esté dando cuenta de ese momento probable "en los siglos venideros", que Duchamp auguró en sus conversaciones con Pierre Cabanne. Un momento en el que "el fenómeno de crear se dé sin que uno siquiera se dé cuenta de ello"