ANNA-LISA MARJAK
Sentadas y paradas. Vestidas y desnudas


“La naturaleza nunca muestra una apariencia vulgar.”
“La Naturaleza dice: He aquí mi criatura, y a pesar de sus impertinentes aflicciones, conmigo estará contenta.”
Ralph Waldo Emerson, “El Espíritu de la Naturaleza” (1836)

A muchas nos ronda la pregunta desde antes de los diez años.
¿Podré desnudarme de verdad alguna vez? ¿Existe realmente una posibilidad de pensar algún día la idea erótica de desnudo socialmente liberado de la enajenación capitalista? ¿Podremos alguna vez vivir la utopía de una libertad corporal desenajenada? ¿Habrá una chance de post pornografía? ¿Existe? ¿Existió? ¿Seré libre alguna vez de pararme desnuda sin temor en el vano de la puerta de tus ojos sin acomodarme cosméticamente al ángulo de tu mirada? ¿Sin conciencia de mí, sin chupar panza? Eso que amo y que se que no es vulgar de mí, mi propio cuerpo, ¿conocerá esa valentía, esa libertad? ¿Habrá alguna vez amor tan real total incondicional para resultar mi cuerpo un milagro natural a los ojos de mi amante? ¿Conoceré esa libertad, esa felicidad, antes de dormirme por última vez?

La pregunta acerca de si existe todavía y potencialmente alguna forma de aplicación de los ideales trascendentalistas de Emerson a las relaciones que actualmente establecemos con la idea de desnudo, no pierden vigencia en el entorno cosificado de los cuerpos solos, criticados, huérfanos y protésicos que nos rodean y nos habitan. Es una voz de mujer la que habla, la que escribe este texto. La que se pregunta. La que sufre la existencia de un imaginario de cuerpo oficial con usos descritos pre estipulados y su vulgaridad perentoria.
 
Los cuadros de Anna-Lisa acompañan mis preguntas, saben.
 
Cuando empezó esta serie de desnudos Anna-Lisa me dijo que estaba pintando unas mujeres que le encantaban, “chicas de Segal”, me dijo. Las chicas de Segal eran felices representaciones frescas como lechugas de unos universos solitarios que Segal desarrolló, secos y opacos, que son casi tan arquetípico “arte de soledad” como la pintura de Hopper. Las figuras de Segal que Anna-Lisa eligió de inspiración y modelo traban relación con puertas y asientos, con objetos anticipatorios de compañía. Son mujeres. Mujeres desnudas. Mujeres que se asoman por puertas, que se paran en el vano de las puertas, mujeres que están por entrar a una habitación donde quizás alguien las esté esperando ver entrar desnudas. Algunas están sentadas en el borde de una cama. Que podría ser suya. El tratamiento de Segal está en el límite de la hiperrealidad y el retrato emocional de la interioridad congelada, maqueta escenográfica, teatralizada, de los sentimientos no expresados de estas mujeres que sienten y piensan en silencio. Entonces llega el discurso luminoso del color sonriente de Anna-Lisa Marjak, y opera una conversión básicamente amigable, Anna-Lisa Marjak no va a dejar situaciones en la detención fracasada del pasado, y trae a la actualidad propositiva el cuerpo de estas mujeres que están entre el mostrarse y el no mostrarse jugando las cartas de su felicidad libertaria con urgencia vital cierta. Es su vida, no hay tiempo que perder, se baila y se ama ya, ahora, se sale del pasado y se besa una boca real que dice reales palabras imprescindibles para la alegría.
 
Anna-Lisa Marjak pinta y no se pregunta nada, no porque no le importen las respuestas sino porque tiene desde el vamos la certeza genial de que lo que hace tiene absoluto sentido.
Las pinturas de Anna-Lisa no son posmodernas, nunca lo fueron. Por eso no mucha gente las entendió en los ‘90s, porque ella jamás se bajó del barco de la modernidad resolutiva. En México enamorada de antropólogos, en Nueva York buscando amigos con quienes bailar, Anna-Lisa siempre quiso resolver el dolor en sus representaciones que buscan constructivamente el lugar de encuentro del cuerpo de la mujer con el cuerpo del varón y su posterior multiplicidad de sentidos amorosos, o hijos, o casas con flores y desayunos apacibles entre libros plantas y caricias. Esta construcción de otredad en la década del artediseño le significó una inmensa soledad que resolvió pintando, insistiendo, resistente y loca, entregada a un pacto juramentado con sus dos mejores amigos Pablo Ruiz Picasso y Henri Matisse, los dos únicos hombres a la altura de la sofisticación propositiva de lo que pintó sola durante más de veinte años. Anna-Lisa Marjak se pertrechó entre cuadros para resistir la incomprensión absoluta de una época tonta que no respetaba la posibilidad de sentido de la intimidad sincera de una mujer artista. Y, entre caras que la miraban y le recordaban los pactos verdaderos, extraordinariamente sobrevivió pintora. Modernista, solitaria y genial en la torre prestigiante de su pedigrí cultural. Como cuando un día hace muchos años decidió pintar los muebles de su estudio con  personajes y miradas, toda su obra es una cara. Su obra entera es una cara. La suya. Expectante, asustada, enamorada, deseosa, viva.

Anna-Lisa Marjak responde a arquetipos emocionales internos que se verifican luego cuando esa otra que está enfrente la mira y le dice “ya está”.
 
Dice: “Un día me di cuenta que mi propia sombra agrandaba mis manos, y ahí estaban mis manos grandes, las encontré.” Y sus manos gigantes y sus brazos gigantes, torpes, hermosos de amor abrazan las cosas, protejen el sueño, defienden las flores.
“Muchas veces parto de una situación que me gustó, una mujer en la ventana. o una mujer arriba de un caballo, tomo esa idea y me dejo llevar y se convierte en un cuadro muy diferente al inspirador. No me gusta copiar, me gusta dejarme llevar....Y cuando no se que hacer pero quiero pintar, hago un ojo y el resto va apareciendo.”

La pintura para ella es energía, una subconciencia internísima intraducible que busca como un geiser hacer aparición en la superficie, mágicamente salir al mundo, tornarse conciencia, encontrar a otros. A veces esa energía es brutal y descontrolada y otras suave y delicada. Siempre es vital, siempre enamorada.

“Los colores fueron cambiando en mi pintura, primero empezó el blanco y el negro con los matices de grises, de a poco el color fue entrando hasta volverme colorida y alegre, la maternidad me ayudó en ese camino, quería mostrar un mundo más humano.” Sin embargo Anna-Lisa no soporta la ausencia de conciencia dramática, no tolera crear escenas de mujeres sólo bellas. Y su pintura es un salto al vacío, una incertidumbre, una operación de riesgo total, un desnudo infinito. La experiencia del desnudo, de la actividad de desnudarse. Altiva, consciente de la importancia de cada centímetro de piel descubierto. Consciente de la importancia de ser mujer, de ser pintora, consciente de la importancia de esa pintura que podría ser pasto de burla de los rudos. Afirmando la belleza de lo que se desaliena y se hace propio. Bella al fin.
El color es el campo experimental, la zona de goce curioso neta en su operación.

“Me encanta cuando uso colores que jamás pensé usar, un color nuevo, transforma todos los otros colores”.
La relación que Anna-Lisa Marjak tiene con sus modelos de mujeres es la de la feliz compensación de todos los traumas patriarcales y ausencias de mirada. Sus chicas son amadas aun cuando estén recién abandonadas, porque la pupila de Anna-Lisa las ama, las honra, les da ternura, les dice que la utopía del té entre flores y de todas las fantasías femeninas de armonía y felicidad de la infancia son cosa seria, cosa buena, respetable horizonte de deseo, trascendente. Es la utopía feminista femenina. Una heterosexualidad perfecta, pre adolescente, el mundo soñado viendo a unos papás felices que nos sacaban fotos con la kodak cuadrada y leían junto a la ventana  bajo la parra. El mundo de las muñecas de papel con vestiditos y los brazos abiertos a los lados del cuerpo y mamá y sirviendo galletas, la mansedumbre de una vida recordada desde lejos, apacible luz de la memoria previa a cualquier forma de conciencia de conflicto socio sexual.
“mis chicas están desnudas porque quieren experimentar qué es esto del desnudo, el desnudo provoca libertad, somos como somos, no hay más secretos, no hay vestimenta para aparentar lo que uno supone que es o quiere ser. Sacarse la vergüenza. No todos se animan al desnudo, creo que a todos en algún momento les gustaría disfrutar del desnudo, bailar desnudos, caminar desnudos, nadar desnudos, o simplemente sentarse y contemplar desnudos.” Un estado de derecho puro.
Las mujeres sentadas se muestran menos y se animan y se paran, y se animan y se desvisten y se ríen y tiemblan. No es igual el desnudo masculino que el femenino. La vulnerabilidad total. Y de nuevo la capacidad de tornar fisonómico todo el paisaje retrato de su deseo: los pechos miran los ombligos respiran y huelen como narices, los pubis son bocas expresivas, todo el vientre respira agitado y más expresivo que la cara que en la cabeza nos mira anhelante y asustada, tímida de su desnudez y con ganas de terminar de entrar a la habitación y de ser aprobada y liberada por la mirada amorosa del otro. Siempre soñando con esa intimidad total de la que baila desnuda, sola frente al espejo.
 
En el mundo en el que habitan las chicas pintadas de Anna-Lisa, los hombres finalmente entienden.

Florencia Braga Menéndez

Del 16 de agosto al 15 de octubre de 2011.

 
Sentada y paradas. Vestidas y desnudas   Sentada y paradas. Vestidas y desnudas   Sentada y paradas. Vestidas y desnudas
         
Sentada y paradas. Vestidas y desnudas   Sentada y paradas. Vestidas y desnudas