Elba Bairon

Crónica de las visitas al piso alto de la esquina soleada de Santiago del Estero al 600.
 
1) La obra de Elba podría imaginarse en tantos materiales como texturas que den cuenta del volumen de una respiración profunda hubiera. Piedra, madera, fundición. Sus cosas quisieran hacer aparición (no crecer) en espacios públicos, bosques cercanos al rosedal.

Cuando empezó a poner la muestra en palabras imaginaba un Supermercado chino. Un caos de falsas nomenclaturas.
Un archivo. Falso. Un archivo enrarecido.

Iba a haber un sonido de música de supermercado.
El primer momento de la exhibición incluía a las paisanitas. Llegaban las paisanitas desde lejos, llegaban abstractas, erosionadas de figuratividad, en un desgaste como de olvido de su fisonomía primordial, un pulido de conciencia cansada de inespecificidades, una amnesia selectiva de detalles.
 
2) La obra de Elba alude a la concavidad del aire, a la negatividad de la forma. Hay una presencia del discurso del grabado. La forma en positivo es un gofrado recortado de la sustancia insuflada. Una partenogénesis sitúa los cuerpos en la suspensión de su primer respiración. Los pulsos son sutilísimos, la quietud natural de la posición de reposo admite la mirada, la toma.
Es una obra ideal para iluminar.
Nieve de luz.

3) Las muchachitas de la campana de la nieve están sentadas, arrodilladitas, son iguales. Tienen una cestita en el regazo.
Hay objetos en las estanterías que sobrevivieron al proyecto de supermercado, los objetos acompañan inquietando (siempre apenas) el sentido de la disposición.

La titiritera elegante mueve las piezas, corre, cambia, los cuentos se suceden interruptos, incompletos, infinitos.
En la pared iba a haber pintada muy esfumada una escena de una tacita de la casa de la mamá. No hizo falta. El color que sonroja el regazo de la muchachita sugiere las alegrías y los tañidos de toda la batería de porcelana en el antes de la indeterminación del ajuar. Es como si algo hubiera borrado innecesarios detalles de la realidad, un soplo despeinó el dibujo, una expiración indeterminó todos los ribetes y límites de las formas, como cuando se sopla un dibujo en la arena. Esta vajilla de cuento inglés de Beatrix Potter endulza los ojos y se aparece como una proyección de sombras en la superficie de talco, el cutis de los cuencos raros hace de la delicadeza su atmósfera japonesa. Como caminando entre cáscaras de huevos y pétalos de magnolia, como deambulando sobre lo perecedero, todos salen de un inventario informal, de una memoria de posibilidades de refactura (Elba gusta de los trabajos de edición), de hecho algunas piezas admitirían la reedición quizás infinita en coladas cuidadas de resina de sus formas apenas irregulares, significativamente irregulares. Irregularidades de esas que se deben al capricho de la mano modelando, intempestivas sorpresas decisivas, irregularidades cerámicas.

 
4) Rosetas, conejos, pollitos, huevos, el juego de té en la estantería desnuda, parece el recuerdo de un armario de sonajeros para un bebé gigantesco que mirara pajaritas de papel por su ventana.

Las máscaras son un discurso permanente en la idea de fisonomía de Elba Bairon. Las cabezas gigantes de sal disueltas en el tiempo hacen paisajes y bodegones amorfos desarmados con formas como panes de manteca y panes de campo. Los cuentos tienen amapolas y todas palabras que suenan lindo como campanas en sueños. Los relieves, la actitud de semilla de las cabezas, todos son hechos de la misma suave materia clara, son como de palma de mano. La liebre rosada pasó galopando y volcó la azucarera cerca de las gallinitas quietas.
Las paisanitas autistas sobre sus morros pequeños.

Las formas “percheronas”, Elba diminuta. Ella es diminuta, la obra no. Las muchachitas son su antagónico. Ella es un soldado preciso construyendo riguroso el paraíso de un recuerdo femenino anclado en la imposibilidad, el té y las masas, corre la ardilla en camisón de seda a esconder nueces y almendras en una alacena en las nubes. Todos escuchan atentos, todos en pijama y recién bañados, la ilusión es tenue y dulce el calor del líquido acunando párpados y nueces.

5) Va a haber una sola gran estantería de 8 metros de largo que dialoga indirectamente con las paisanitas autistas.
En la estantería hay cabezas. Esbozadas, estilizadas, con sus sombras incorporadas. Rumor de río sordo y lento.
Las cabezas planas van acostadas como si fueran mejillones. (al final van todas paradas). Al fondo de la sala ½ paisanita sale como un friso de relieve de la pared, “es larguita, 1,80 es una buena medida” (al final no va, al final quedó una tira larga de dibujos).
Esa tarde comimos frutillas.

6) Finalmente. Bebés, pollitos o huevos. Las caras van a ir en blanco. La expresividad imprescindible la van a dar las luces, fisonomía de sombras, ni interna ni externa, pasada, o, en cualquier caso una fisonomía indeterminada.

Un agente inmanejable, la luz es el máximo de determinación posible.

El conejo sólo tendrá un ojo delineado, expresivo, gráfico, dibujado, bello. Es la concesión amable a la retorización de la forma rota, al intento escénico de registro de una formulación reconocible, algo así como ”la actitud conejal de la forma” el recuerdo de una posible representación de algo, no tergiversada, no olvidada, desatendida, de nuevo, como en sueños.

7) La obra está puesta.
Emana una teatralidad reprimida. “Son muy esenciales. Tienen aire. Son compactas pero a la vez hay algo expansivo.” Dijo una joven artista vecina de taller de Elba.
Preciosa delicia.
La muestra es genial.
Elba es maravillosa.
Con guantes de látex quirúrgico, Elba Bairon es un mago.

Flor Braga